Memoria de la Beata Francisca de Amboise

El 5 de noviembre celebramos la memoria de la beata Francisca de Amboise.

Nació en el castillo de Thouars (Francia), el 9 de mayo de 1427. Francisca era hija del rico señor, Luis d’Amboise y María de Rieux. Desde muy pequeña fue prometida esposa de Don Pedro, hijo del Duque de Bretaña. Se casó a los 15 años y, dado su carácter, alegre y abnegado, en poco tiempo se ganó los corazones de todos. Tras la inesperada muerte del hermano de su marido, Francisca y Pedro, se convirtieron en Duques de Bretaña.

En 1450 fueron coronados en la Catedral de Reims, Duques de Bretaña.

Tras su coronación, Francisca fue llamada la “Buena duquesa”. Se alabó su sentido de justicia y su cercanía para con los pequeños, con los pobres y enfermos.

Francisca supo frenar toda clase de excesos en la corte y se dedicó, sobre todo, a practicar obras de piedad y caridad.

Todos los miércoles sentaba a su mesa a once doncellas pobres. El Jueves Santo lavaba los pies a 12 pobres y les ofrecía un traje nuevo.

Trabajó tanto en favor de la religión católica que, según dice un historiador, “Dios se sirvió de esta joven para realizar una reforma general en la Bretaña y para hacer florecer, después de tantas desgracias y miserias, un siglo de Oro”.

El año 1457 murió su esposo, el Duque Pedro II. Viuda y sin hijos, Francisca piensa en la vida religiosa y entra en el Carmelo. Decisión que toma tras la visita del Prior General de los Carmelitas, Padre Juan Soreth, a los conventos de Bretaña. Es en Bondon, Vannes, donde Dios le espera. Aquí, cerca del convento de los Frailes Carmelitas, fundado en 1427, se construyó el primer convento femenino para alojar a nueve monjas,  procedentes de Lieja (Flandes) que llegaron el 2 de noviembre de 1463.  La casa recibió el nombre de “Trois Marie”, por su dedicación a las tres santas mujeres del Evangelio: María Magdalena, María Cleofás y Salomé.

El 25 de marzo de 1468, a los 40 años, recibió del Prior General de los Carmelitas, Padre Juan Soreth, el hábito del Carmelo y, un año después, hizo la Profesión Religiosa. Renunció a todos sus títulos y no quiso ser tratada con una distinción especial sino como una humilde sierva del Señor.

Fue elegida Priora de su Comunidad de Vannes. Poco después se trasladó a un convento, cerca de Nantes, que ella misma había fundado y donde ejerció también el oficio de Priora, con dulzura, firmeza, humildad y paciencia.

A pesar de haber tenido títulos nobiliarios, insistió siempre en  ser tratada como cualquier otra monja  ya que “todas somos hermanas que llevamos el mismo hábito y realizamos la misma profesión. La Regla no es más larga para una que para otra… Considerar y preocuparse por quien es la dama más grande y quien viene de la familia más noble y rica, es la doctrina del diablo”.

En el ejercicio de su cargo de Priora se dirigía a sus religiosas con sabias exhortaciones sobre la práctica del silencio, la obediencia, la penitencia y la pobreza. Dichas exhortaciones se publicaron más tarde, tras su muerte.

Después de hacerse cargo de una hermana que padecía la peste, murió en 1485, víctima de su servicio de caridad.

Madre Francisca fundó dos conventos y se le considera “Madre o fundadora de las Monjas Carmelitas”, ya que ella fue la primera Beatificada desde la organización canónica de las mismas.                     La Iglesia celebra su memoria litúrgica el día 5 de noviembre.

P. José Candelario Peralbo Ranchal, O.Carm.

 

SEGUNDA LECTURA DEL OFICIO DIVINO

(De las “EXHORTACIONES” de la beata Francisca de Amboise a sus monjas)

Es del máximo interés el soportar con toda paciencia cualesquiera molestias y todo contratiempo que acongoja nuestro espíritu, teniendo muy presente que forman nuestra cruz. Ayudad al Señor y llevad con él la cruz, de buen grado, con ánimo alegre, porque la cruz tenéis que llevarla siempre; y, si rehusáis alguna, en su lugar hallaréis otra más pesada. Puesta en Dios nuestra confianza y esperando su ayuda, no nos entretengamos con los halagos de los vicios. No hay que acobardarse ni detenerse jamás, sino que ininterrumpidamente hay que estar cobrando ánimos. Haced memoria de las aflicciones y de las grandes tentaciones que nuestros santos padres pasaron en el desierto. Lo que en su espíritu experimentaron fue para ellos mucho más grave que las penitencias y austeridades que impusieron a sus cuerpos. El que nunca es tentado ninguna virtud conseguirá. Someteos, pues, al divino beneplácito, ya que Dios nunca permite que seamos afligidos como no sea para nuestra salvación. Dice el evangelista: Quien quiera venir en pos de mí empiece por negarse a sí mismo; que quiere decir, olvidarse de sí mismo, no darse importancia a sí mismo, despreciarse a sí mismo, y desear ser despreciado por los demás.

El Señor manda que tomemos nuestra cruz y que le sigamos, esto es, que suframos los padecimientos y las fatigas de nuestro cuerpo por amor a él, de la misma manera que él lo sufrió todo por amor a nosotros. Cuando los judíos descargaron la cruz de los hombros del Señor por miedo de que, desfallecido por los azotes y los tormentos, expirase antes de llegar al lugar donde tenía que ser crucificado, y se le cargaron a Simón, este la tomó de muy mala gana; y, aunque la llevó, de ninguna manera murió en ella como murió nuestro Señor, que libremente y por su propia voluntad la llevó y en ella expiró, entregando el alma a Dios su Padre: imitadle a él siguiendo su ejemplo.

Tenéis vuestra cruz en las aflicciones, llevadla de buen grado hasta el fin y morid en ella entregando a Dios vuestra alma. Alabad a Dios y dadle gracias porque os ha llamado a su servicio. No despreciéis a nadie, ya que es voluntad de Dios que améis al prójimo como a vosotras mismas y a todas las hermanas, aun a las que os  injurian o lo desean. Amad, sobre todo, dentro de vosotras mismas y poned sumo empeño en refrenar los desordenados movimientos de ánimo. Poned hoy algún remedio, mañana otro, y, de esta suerte, poco a poco venceréis y triunfaréis de todas las tentaciones; y, cuando el Señor vea vuestra buena voluntad y vuestra perseverancia, os dará su gracia y su ayuda para que llevéis las cargas de la vida religiosa hasta el fin y, por su amor, nada os resultará difícil de tolerar.

(Cf. Capítulo XIII, Carmelus II -1964-, 254-255)

Oración. Oh Dios, que has llamado a la beata Francisca para que buscase tu reino sobre todas las cosas en tu servicio y en el de la Virgen María; concédenos que, fortalecidos por su intercesión, avancemos con espíritu de alegría en el camino del amor. Po Jesucristo. nuestro Señor. Amen.

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