SAN ANDRÉS CORSINI,
O.Carm.


San Andrés Corsini, pintado por Guido Reni

 

Andrés nació en Florencia el 30 de noviembre de 1302, como miembro de la ilustre y poderosa familia Corsini. Sus padres, Nicolás Corsini y Gema degli Stracciabende, pertenecían a una de las familias más aristocráticas de la ciudad. En su juventud, fue un chico disoluto y pendenciero. Según cuenta la tradición, antes de nacer, su madre dijo que había visto en sueños a su hijo en figura como un lobo que luego se transformó en cordero. Esas palabras transformaron su conducta.

Después de la ordenación sacerdotal fue enviado a las universidades de París y Aviñón e ingresó en la Orden de los Carmelitas. Cuando llegó a Florencia, la ciudad estaba invadida por la epidemia de peste descrita por Boccaccio. Fue elegido superior provincial de la Orden en 1348, y dos años después, fue elegido obispo de Fiesole, pues el anterior había muerto de peste. Trató de rechazar el cargo, porque se consideraba indigno de él y por eso se escondió en un yermo lejano de Enna, donde fue descubierto por un niño.

Como obispo, supo mantener entre los religiosos el espíritu de disciplina, el culto de la pobreza y de la oración y se cuidó particularmente de la formación de los jóvenes según el espíritu y la tradición de la Orden y el celo apostólico. En su palacio, escogió para dormir una celda reservada con un lecho de sarmientos en la que pasaba largas horas de la noche en oración.

En el aspecto diplomático, el Papa Urbano V le confió con frecuencia importantes misiones para solucionar conflictos, juzgar y eroapaciguar querellas. De su obra como pacificador se beneficiaron no sólo los combativos toscanos, sino también la ciudad de Bolonia, a donde el Papa lo envió a poner paz y donde lo acabaron encarcelando.

Murió el 6 de enero de 1373 y fue enterrado en la iglesia del Carmen de Florencia. Urbano VIII lo canonizó en 1629.                                                

 La fiesta litúrgica se celebra el día 9 de enero

Cf. Wikimedia, Enciclopedia libre 


SEGUNDA LECTURA  DEL OFICIO DIVINO

De la vida de san Andrés Corsini, escrita por el obispo Francisco Venturi (Roma, 1629, pp. 2338).

Fiel y prudente siervo, aquel a quien el Señor puso al frente de su familia.

Promovido Andrés por manifiesto llamamiento de Dios al gobierno de la Iglesia Fesulana, con tal ahínco se entregó al culto divino, con tal cuidado procuró la salud de las almas, con tal santidad, finalmente, realizó el trabajo del que por largo tiempo estuvo responsabilizado, que con razón pueden todos los pastores considerarlo consumado ejemplar del óptimo Prelado. Y, en primer lugar, aun siendo bastante provecta su edad y aquejado de diversas enfermedades, no solo no disminuyó nada en el rigor, con el que en su anterior vida tenía a raya todos sus sentidos, sino que notablemente lo aumentó. Tal era la clemencia y benignidad de este santo varón para con los pobres y menesterosos, que ni siquiera acordarse de ellos podía sin lágrimas. Se sabe con toda certeza que ningún pobre se apartó jamás de su presencia desconsolado.

Muchas veces él mismo, sentado a la puerta de sus casas, entregaba con sus propias manos el pan a los mendigos. Y no se ceñía solo a este lugar la benignidad del santo hombre, sino que la extendía en todas direcciones, pues también para aquellos a quienes los apuros familiares oprimían y que se sentían impedidos por la condición, por la edad o el relieve de su nacimiento, de acudir a él manifiestamente, demostró su longanimidad y munificencia; socorriéndolos con tal liberalidad, que a muchos les dio hasta trigo, y en no exigua cantidad.

Y no se limitaba solo a su diócesis, que rebosaba también para ciudadanos florentinos y para otros forasteros; y les ayudaba no solamente con víveres, sino también con vestidos. Grandes cantidades de dinero empleó en la edificación y en la restauración de templos; la catedral, que amenazaba ruina, la renovó casi por completo, e incrustó la fachada de piedras talladas.

Edificó viviendas para los canónigos; restauró y amplió suntuosamente el palacio episcopal en el que fijó su residencia, con miras a que sus sucesores tuvieran apta y cómoda mansión. Entre sus hermanos los carmelitas, donde ejerció la prelatura exactísima según las normas de la vida religiosa, se mostró padre óptimo; y en el mismo episcopado implantó noblemente la disciplina cristiana entre sus domésticos; y en la administración del patrimonio de la Iglesia se mostró siempre tan exacto como vigilante.

Extremadamente parco en su casa; fuera, en todo lo concerniente al culto de Dios y al socorro de los necesitados, se comportó generoso y hasta pródigo. Gracia especial demostró el santo obispo pacificando las discordias, que con frecuencia estallaban entre los habitantes de Florencia; erradicaba con familiares coloquios la semilla de los odios, y en sus públicos sermones trataba frecuentemente sobre la caridad cristiana y la concordia civil; tanto por su maravillosa elocuencia, como por la gran fama de santidad era para todos venerable, por lo que muchos de los pueblos próximos y aun de la ciudad de Florencia acudían a escucharle.

Muy bien había aprendido el sapientísimo prelado a hermanar la mansedumbre de pastor con los judiciales rigores. Y, en primer lugar, procuró con edictos que anualmente promulgaba, que todos los clérigos residieran en sus iglesias. La mayor parte de los clérigos no solo eran incultos, sino también totalmente ignorantes de las obligaciones de su cargo, por lo que, además de no aprovechar al pueblo, con el pernicioso ejemplo de su vida, hacían con su ignorancia grave daño.

Tuvo, pues, necesidad el santo pastor, con motivo y ocasión de sus visitas pastorales, de hacer detallada averiguación y examen acerca de la cultura de todos; y a los que halló ineptos para llevar dignamente los cargos eclesiásticos y para procurar la salud de las almas, que ciertamente fueron muy numerosos, los privó de sus beneficios, los cuales proveyó en otros más aptos. No ignoramos que mucho de lo que llevamos dicho también lo han realizado frecuentemente los pastores de otras iglesias, y que hay quienes no juzgan estas cosas dignas de ser ponderadas en tan gran prelado; pero nosotros juzgamos que merecen celebrarse todos aquellos dichos y hechos de los santos conducentes al incremento del culto divino y al provecho del pueblo.

Su fiesta litúrgica se celebra en la Iglesia el día 9 de enero-

 

Oración. Señor, tú dijiste que cuantos trabajan por la paz serán llamados hijos de Dios; por intercesión de san Andrés Corsini, admirable artífice de la concordia, concédenos entregarnos sin descanso a instaurar en el mundo la justicia que puede garantizar a los hombres una paz firme y duradera. Por nuestro Señor Jesucristo.

(Cf Ocarm. org.)



 

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