María y Elías son dos figuras que están
íntimamente unidas a la vida de los carmelitas desde sus orígenes. Al carmelita
le mueve un deseo de vivir en obsequio de Jesucristo, sirviendo al Señor con un
corazón puro y, en este punto, tanto el Profeta Elías como la Virgen María fueron
maestros de vida.
Conscientes de su
propósito, se
dirigen al Patriarca de Jerusalén, Alberto, y le manifiestan el deseo de “Vivir en obsequio de Jesucristo y servirle
con corazón puro y buena conciencia”.
El Patriarca
de Jerusalén, conforme a este propósito, les da
una “fórmula de vida”,
entre 1206 y 1214.
De este modo
consiguen el reconocimiento de la Iglesia de su estilo de vida.
Más tarde, el 30 de enero de 1226, obtuvieron la confirmación de la
misma por el
Papa Honorio
III; válida como la de San Benito y de San Agustín, por entonces
únicas imperantes en la Iglesia.
Sucesivamente
fue renovada tal
confirmación por los Sumos Pontífices.
Finalmente, con el paso
a Occidente, la” fórmula de vida” fue
adaptada, según el espíritu de las Ordenes Mendicantes, y aprobada
definitivamente por el Papa Inocencio
IV (1-10-1247).
SÍNTESIS A petición de
ellos el Patriarca de Jerusalén, San Alberto, les dio la “fórmula de vida” o regla, entre los años 1206 y 1214;
fórmula de vida que fue confirmada por el Papa Honorio III el 30 de enero de 1226 y aprobada
definitivamente por Inocencio IV el 1-10-1247.
Cf. 0. Carm
REINA DEL
CIELO, alégrate aleluya,
porque el Señor a quien
mereciste llevar, aleluya,
RESUCITÓ
según su palabra, aleluya.
Ruega al Señor por
nosotros, aleluya.
V/. Alégrate y goza,
Virgen María, aleluya.
R/. Porque
verdaderamente ha resucitado el Señor, aleluya.
C0MENTARIO
Gracias a la Resurrección de Cristo, los cristianos
tenemos acceso a la vida eterna. Como dice San Pablo, si Cristo no ha
resucitado, vana es nuestra fe (1Cor.15. 14-19).
Pero, si Cristo ha
resucitado, ha destruido el pecado y la muerte. Por el Bautismo nos han hecho
hijos de Dios y herederos de la vida eterna.
Mientras vivimos y,
como dice San Pablo, completamos en nuestra carne lo que falta a la pasión de
Cristo (Col, 1.24).
No es que esté
incompleta la pasión de Cristo, pero sí le falta la adhesión de nuestra fe.
En este sentido, el
cristiano está llamado a vivir con esperanza y alegría su fe, como la Santísima
Virgen, nuestra Madre y proclamar constantemente, “El Señor Jesús ha
resucitado, aleluya y nosotros también hemos resucitado con Él, aleluya”.
José Candelario Peralbo Ranchal
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